La Selva de las luces comunidad de indios piaroas en la profundidad del amazonas
Reportaje, Flores en anare, resurrección de las flores en amazonas....

La selva de las luces


De Limón de Parhueña, una comunidad de indios piaroas en la profundidad del Amazonas, es esta historia que se ha repetido por cientos de miles en toda la geografía venezolana…

Félix López

Cuenta un indio de Limón de Parhueña, en la profundidad del Amazonas, que al principio de los tiempos no existía la noche. Era todo un perpetuo día. Y la oscuridad la tenía metida un viejito en su petaca o baulito, envuelta en una especie de paño y nadie lo sabía: «Hombres malos se llevaron la luz y el oro, pero mucho tiempo después otros han regresado para enseñar a leer y escribir, y eso es como devolvernos el sol».

Carlos Carrasquel, capitán de la comunidad de indios piaroas de Limón de Parhueña, intuyó que una nueva historia comenzaría para la tribu. El Primero de Julio de 2003, 50 hombres y mujeres de su etnia se sentaron en las aulas de la escuela bolivariana Félix René Rivas, recién construida por la Revolución, y descubrieron con sus manos callosas que un lápiz sirve para escribir sus nombres y salvar leyendas e imágenes de la región más dolorosa de este mundo: el olvido.

El capitán, que es a la altura del siglo XXI la continuidad de los legendarios caciques, se deshace en atenciones y pregunta, curioso, de dónde hemos venido... Atrás ha quedado un día de camino y más de 800 kilómetros de un impresionante paisaje, donde se mezclan montañas, sabanas y selva. De Caracas a Puerto Ayacucho, capital del estado de Amazonas, pasaron ante nuestros ojos, como en un calidoscopio, todas las tonalidades del verde y las riquezas de Aragua, Miranda, Guarico y Apure.

Tarde, noche, plaga, amanecer, lluvia, sol, calor... y un arco iris, que acá tienen los colores intensos de la naturaleza. Mientras más nos acercamos a la selva, más difícil se hace el camino. Las camionetas deben pasar sobre chalanas por tres caudalosos ríos: Capanaparo, Cinaruco y Orinoco. En este último, la distancia entre orillas supera los mil metros, y en una de ellas, la de Puerto Páez, un cartel anuncia que se pisa tierra virgen del Amazonas.

Mientras la chalana desafía la corriente indomable y turbia del Orinoco, Roso Ramón Salazar, que carga maíz para las inseparables cachapas de la dieta venezolana y vive de pescar truchas y pirañas, advierte que estamos por llegar a una tierra maravillosa, pero paradójicamente triste: «Por suerte, asegura, vienen en buen momento, porque esa idea de la alfabetización le ha devuelto esperanzas y felicidad a mucha gente que se creía sola y olvidada».

En uno de los ambientes, Maira Luna, una estudiante de 16 años que sirve de facilitadora, asegura: «Todo esto es bien lindo, porque muchas personas viejas que ya no tenían esperanzas, y creían que el futuro era solo para los muchachos, sabrán leer y escribir dentro de muy poco tiempo».

En Limón de Parhueña, donde vive y sueña la tribu de esta historia, encontramos la mejor prueba. Al regreso de sus conucos, medio centenar de indios piaroas se sientan en un aula y descubren la magia de escribir palabras que solo existían en su cultura oral. Solanicia Rivas, de 25 años, dice que quiere saber para contestar todas las preguntas de sus hijos. Y Carlos Fredy Carrasquel, el hijo del cacique, toma la mano de su abuela y la enseña a escribir la palabra casabe.

Ella, que elabora ese alimento desde hace 70 años, sonríe como una niña orgullosa, mientras su nieto indio confiesa a los periodistas que le gustaría ir a Cuba. ¿Por qué?, preguntamos curiosos. Y él nos responde con una seguridad del tamaño de la selva del Amazonas: «Porque todos los cubanos son médicos».

Flores en Anare


Pastor Batista

Cuando Miladys Bermúdez, la facilitadora del salón, vio acercarse a la alumna Yuberlina Azucena Martínez, comprendió que algo grave le sucedía. La jovencita, en desconsolado llanto, liberaba parte del dolor retenido a lo largo de sus 18 años de exclusión social y familiar.

«Siempre sentí mucha vergüenza y una gran tristeza –recuerda Yuberlina— me quedaba mirando a otros niños mientras iban a la escuela... Yo nunca pude hacerlo...

—¿Por qué?

«Problemas familiares.» –dice con parquedad y explica que la familia atravesaba una difícil situación, que el padre jamás fue cariñoso; un día se largó de casa y desatendió a los hijos... ni siquiera los registró. Azucena vivía y penaba, sufría y añoraba, tenía un nombre... pero oficialmente nada lo testificaba.

RESURRECCION DE LAS FLORES

Cuando mi hermana Yuberly Jazmín y yo supimos que podríamos aprender a leer, a escribir y llegar bien lejos en la vida, corrimos a inscribirnos en Robinson I –dice Azucena. Al principio sentíamos un poco de pena, pero no éramos las únicas «en cero»; otras personas de más edad tampoco habían agarrado nunca un lápiz en sus manos... ya hemos aprendido muchas cosas en Robinson II.

«Cuando salgo a la calle –prosigue— voy leyendo todos los letreros que me encuentro y que antes no tenía ni idea de lo que decían. Para comprar algo, siempre tenía que ir con mi esposo David, porque podían engañarme con el dinero. Ya voy sola, sin miedo a que me roben, porque aprendí a sumar, restar, multiplicar...

«Y también tenemos más temas para conversar –interviene oronda Yuberly— porque muchas veces, cuando nos vemos en la casa, nos preguntamos cosas de las clases, de las tareas o de los ejercicios que nos ponen en el salón.»

Ahora, Azucena habla de convertirse en especialista en belleza, «para satisfacer a mucha gente» y Jazmín en abogada, «para defender a los más pobres». Reflexiones y puntos de vista, que jamás rozaron su pensamiento, hoy las animan a invitar a sus respectivos esposos para que se incorporen también a estos programas.

Sucede como si de repente ante ellas se hubiera abierto una ventana que les permite ver todo más claro, desde el oscuro ayer.

«Tengo una niña de dos añitos –comenta Azucena- y, si mi aspiración es llegar a la universidad, quiero que ella llegue más lejos todavía.»

—Estoy seguro de que lo lograrán, le digo.

Han transcurrido algunos meses y aún creo escuchar la voz de Azucena aquella tibia tarde cuando, finalmente, me dijo:

«Si yo viera a Chávez lo abrazaría con toda mi fuerza por habernos dado estudio y hasta una ayuda económica; a Fidel le daría las gracias también, y a todos los niños y jóvenes del mundo les diría una cosa: Estudien.»


» http://www.misionvenezuela.gov.ve/02Robinson/02Reportajes.htm


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